Un día se me acercó un sabio y me dijo:
"Se puede salvar una pregunta tonta con una respuesta aun más estúpida".
Me quedé pensando.
Y recordé, cuando un profesor le preguntó al alumno: ¿estás copiando?
Me acordé también de cuando le preguntaron al cumpleañero: ¿te gustó la sorpresa?
Claro que hay preguntas tontas...
¿Pero puede una pregunta tonta dejar de serlo?
Pasaron los dias y me encuentro con que invitaron a un sicólogo a la
empresa. Después de un lindo y sabio discurso, alguien se entusiasma.
Entonces, convencido de la bondad del resto (o no sé de que cosa) juega
encantado al minuto de confianza.
El jefe pide saber que piensan de él. El entusiasta está contento. Se
rie. Por fin una buena oportunidad para decir todo lo que piensa de él.
¡Que buen sicólogo! ¡Que buena idea decir todo lo que pienso! Incluso,
en un papelito al final del juego, califica la sesión como excelente.
Salgo de la sesión y le comento al entusista: "Me hiciste entender. Salvaste la pregunta del jefe"
Nunca más lo volví a ver.
